12 de noviembre de… 1937

El 12 de noviembre de 1937 Manuel Azaña visita por última vez Alcalá de Henares, de la que ha quedado un magnífico reportaje fotográfico y una narración propia.

Como ya comenté en otro efeméride (ver 3 de noviembre), en mayo de 1936 el alcalaíno Manuel Azaña Díaz fue nombrado Presidente de la República, y lo fue durante toda la Guerra Civil hasta febrero de 1939 que dimitió.

Hay que saber que Alcalá de Henares, durante la Guerra Civil fue “zona republicana”. Y tal día como hoy de 1937 Manuel Azaña visitó por última vez su ciudad natal Alcalá de Henares.

Cuatro días después de la visita, estando ya en Valencia, escribió en su cuaderno de memorias sus impresiones de la visita a su Alcalá.

En esta visita estuvo acompañado por Juan Negrín, Jefe del Gobierno, por Indalecio Prieto, Ministro de Defensa y por el general Miaja, entre otras autoridades.

Llegaron desde Madrid y aparcaron los coches en la Puerta de Madrid. Ya andando, al pasar por la plaza de los Santos Niños, según cuenta el propio Azaña, vieron las ruinas de la iglesia Magistral y comentó que era una obra muy buena.

Ahora quiero hacer un alto a la narración de esta visita para hacer una pequeña puntualización. Como se sabe, porque está documentado, la iglesia Magistral fue saqueada y quemada por un grupo de milicianos que vinieron de Madrid el día 21 de julio de 1936. Pero mucha gente cree y afirma que fue un ataque de bombas aéreas nacionales. Este error viene justamente de la narración que hizo Manuel Azaña sobre esta visita a Alcalá, ya que textualmente escribió:

«Las puertas de San Justo, de par en par, dejan ver, vacío, el sitio que ocupaba el sepulcro de Cisneros. Era una obra muy buena. La aviación de los rebeldes la ha destruido y gran parte de la iglesia».

Manuel Azaña murió pensando que el ataque a la iglesia Magistral fue por obra de los nacionales, en vez de los milicianos republicanos.

Siguiendo con la narración de la visita de Azaña a Alcalá, andando, como ya hemos dicho, recorrieron toda la calle Mayor hasta llegar a la plaza de Cervantes.

Allí estaban en formación siete mil quinientos soldados, según le informó el militar Valentín González, apodado como “El Campesino”.

Pasaron revista a las tropas y, al llegar a la altura de las ruinas de la Parroquia de Santa María, se fijó en ella y escribió en sus memorias una anécdota sobre su abuelo:

«En el otro extremo de la plaza me detengo unos segundos, para darme cuenta del destrozo de Santa María. Los bombardeos han convertido en solas la antigua capilla “del oidor”, que estaba en un ángulo de la iglesia, un poco fuera de su planta general. La iglesia misma parece estropeada. Veo muros almenados. Creo que no tiene techumbre. Pero la insignificante y fea torre está intacta. Santa María es una iglesia muy buena, pero sin acabar. Debió de faltar dinero para una obra tan importante, y la cerraron de cualquier manera. El cerramiento y la torre, pobrísimos, descendían de la gran traza de la iglesia. Allí guardaban la partida de bautismo de Cervantes. Los fundadores de la iglesia –un matrimonio cuyo nombre no recuerdo- tenían un túmulo, con dos estatuas yacentes. Hace muchos años, no sé qué párroco, con motivo de unas obras, levantó dos bultos y los colocó adosados a un muro, en posición erecta, de modo que los, almohadones en que reposaban las cabezas vinieron a parecer maletas que gravitaban sobre los, hombros. Así los he conocido yo siempre. Recuerdo que mi abuelo, en vejez, cuando se arrellanaba en un sillón para dormir la siesta y se hacía colocar una almohada detrás de la cabeza, le decía al sirviente: “Ponme como los fundadores de Santa María”. Quiere decirse que todo el mundo se reía de aquel disparate. Tengo la noción muy imprecisa de que al fin se remedió, en una restauración de la iglesia».

Después, desde un balcón de la calle Libreros, presidieron un desfile militar.
Es curiosa la narración que hizo Azaña sobre lo que vio desde el balcón, que parece que está más atento a la gente que a las tropas:

« Después de la revista, desfile, que presenciamos desde un balcón de la calle Libreros. Entre el gentío, descubro algunas caras conocidas, ya bajo la máscara de la vejez, que me sonríen y a las que me es imposible darles un nombre. En un balcón frontero se agolpa una familia. Al fondo por encima de las cabezas de la gente menuda, una señora grave no me quita ojo. Creerá que está viendo al monstruo, a quien seguramente conoció de pequeño».

Al acabar el desfile hicieron una rápida visita al Ayuntamiento de la ciudad y en las puertas les esperaban los coches, que nuevamente les llevó a Madrid.
Y terminó el relato de la visita escribiendo:

«El público se arremolina, vocifera, nos corta el paso. Mujeres del pueblo suben al estribo del coche, golpean los cristales. Y una, muy dramática, llorosa, se desgañita: “Le he llevado en mis brazos… Sí… En la calle de la Imagen… Le he llevado en brazos…”. ¡Pobre! Mucho tiempo ha pasado».

Toda esta información la he sacado de las memorias de Azaña y como una opinión muy personal mía, he de decir que parece que el alcalaíno Manuel Azaña estaba más atento a los edificios de su ciudad y a sus paisanos que a los propios militares.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s